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Por qué cuesta cobrar lo que vales: abundancia, merecimiento y amor propio

Liliana Pimentel Valdez · 31/12/2022 · 5 min de lectura

Mujer frente a un espejo redondo, con las manos sobre el rostro

Bajar el precio antes de que te lo pidan, sentir culpa al cobrar, ingresos que no se sostienen. Cuando la escasez tiene raíz en el merecimiento, la abundancia empieza por la forma en que te valoras.

Bajas el precio antes de que te lo pidan. Ofreces una sesión gratis «para que te conozcan» y luego otra, y otra. Sientes culpa al cobrar a alguien que «lo necesita». Haces trabajo extra sin facturarlo porque te da vergüenza decir que eso cuesta. Y cuando por fin entra más dinero, algo pasa y se va.

Si te reconoces en alguna de estas escenas, sobre todo si trabajas acompañando a otras personas, el problema quizá no sea de estrategia ni de mercado, sino de merecimiento.

Cobrar es un acto de valoración

En teoría, poner un precio es una decisión práctica: cuánto tiempo invertiste, cuánto te costó formarte, cuánto vale el resultado para la otra persona. En la práctica, para muchas personas decir su precio en voz alta es un momento de enorme incomodidad. Se les acelera el corazón, se justifican, ofrecen descuentos que nadie pidió.

Esa incomodidad revela algo. Cobrar es, en el fondo, afirmar «lo que hago tiene valor». Si en algún lugar profundo no crees que tu trabajo, o tú misma, valgan, esa afirmación se siente falsa, casi peligrosa. Por eso este tema une dos asuntos que parecen distintos: la abundancia económica y el amor propio.

El fenómeno del impostor

En 1978, las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes describieron lo que llamaron «fenómeno del impostor»: la experiencia de personas capaces y con logros reales que, sin embargo, sienten que no los merecen y que en cualquier momento alguien descubrirá que son un fraude. Atribuyen sus éxitos a la suerte, al esfuerzo excesivo o a haber engañado a otros, nunca a su propia capacidad.

Investigaciones posteriores mostraron que es una experiencia muy común, también entre profesionales con mucha formación. Y tiene consecuencias directas sobre el dinero: quien se siente impostora difícilmente cobra lo justo, pide un aumento o se anima a ofrecer servicios de mayor valor.

La escasez como síntoma

Desde la mirada transpersonal, una escasez persistente, que no cede aunque cambien las circunstancias, puede ser el reflejo de algo más profundo. Algunas de las raíces más frecuentes:

  • Creencias inconscientes sobre el dinero, como «el dinero es sucio», «los ricos son malas personas» o «lo espiritual no se cobra».
  • Votos espirituales, como votos de pobreza hechos en otras vidas, muchas veces en contextos religiosos, que siguen activos y contradicen lo que hoy deseas.
  • Heridas de autoestima que hacen sentir que no mereces recibir, o que recibir te deja en deuda.
  • Temor al éxito: miedo a la envidia, a la exposición, a perder relaciones o a tener que sostener una vida más grande.
  • Lealtades familiares con padres o abuelos que vivieron con carencias.

«Lo espiritual no se cobra»

Quienes trabajan en terapias, acompañamiento o sanación conocen bien esta creencia. Existe la idea de que, si un don viene de Dios o del Espíritu, cobrarlo es indebido. Detrás suele haber una confusión entre el don y el servicio. El don puede ser un regalo, pero el servicio requiere formación, tiempo, energía, espacio y cuidado de quien lo ofrece. Una terapeuta que no puede sostenerse económicamente termina agotada, con menos tiempo para formarse y menos presencia para sus pacientes.

Cobrar con justicia no traiciona el propósito espiritual. Lo hace sostenible.

Señales de un merecimiento herido

  • Te cuesta recibir halagos, regalos o ayuda sin sentir que debes devolver algo de inmediato.
  • Das mucho más de lo que recibes y te parece normal.
  • Sientes alivio cuando alguien no te paga una deuda, porque así evitas la conversación.
  • Cuando te va bien, aparece un temor difuso a que algo malo pase.
  • Te comparas con otras personas y siempre concluyes que ellas sí merecen y tú no tanto.

Un ejercicio: tu precio y tu cuerpo

Este ejercicio es sencillo y revelador. Escribe en un papel el precio que hoy cobras por tu trabajo, o tu sueldo actual. Léelo en voz alta y observa qué sientes en el cuerpo. Luego escribe una cifra un veinte por ciento mayor. Léela en voz alta. Después, una cifra que sea el doble. Léela también.

Anota en cada caso qué sensaciones aparecen y qué frases internas surgen: «es demasiado», «quién te crees», «nadie va a pagar eso». Esas frases no son verdades sobre el mercado. Son creencias sobre ti, y son el material con el que se trabaja en un proceso de sanación del merecimiento.

Amor propio no es egoísmo

Una de las resistencias más frecuentes al trabajar el amor propio es el miedo a volverse egoísta. Muchas personas, sobre todo mujeres, crecieron con la idea de que pensar en una misma está mal y que lo correcto es ponerse siempre al final. El amor propio sano no consiste en dejar de dar, sino en incluirte entre las personas a las que cuidas. Quien se valora puede dar desde la abundancia, no desde la necesidad de ser aceptada.

Hay una prueba sencilla para distinguir la generosidad sana de la que nace de la herida: observa cómo te sientes después de dar. Si sientes alegría y tranquilidad, diste desde la abundancia. Si sientes cansancio, resentimiento o la espera ansiosa de un reconocimiento que no llega, probablemente diste para ganarte un lugar.

Qué cambia cuando se sana

Cuando se liberan los programas, los votos y las heridas que bloquean el merecimiento, el cambio suele notarse primero en lo cotidiano. Decir el precio deja de ser un trance. Recibir un pago se siente como un intercambio justo y no como una deuda. Las decisiones económicas se toman con más calma. Y, muchas veces, los ingresos empiezan a reflejar el valor real del trabajo.

La idea de fondo es que la abundancia deje de ser una lucha y se convierta en una consecuencia natural de quién eres.

Un taller para trabajarlo en profundidad

El taller «Abundancia económica y amor propio» sana la relación con el dinero desde el merecimiento, usando la Terapia de Respuesta Espiritual para encontrar y liberar los programas, votos y heridas que bloquean el flujo de abundancia. Su requisito es el Curso Básico de TRE. Si quieres explorar además la historia de tu relación con el dinero, el taller adicional «Sanando mi Relación con el Dinero» lo complementa.

Las terapias transpersonales, energéticas y complementarias no sustituyen el diagnóstico ni el tratamiento médico o psicológico profesional.